El Hay dos cualidades que están relacionadas
estrechamente con la supervivencia.
La primera es la adaptabilidad.
La segunda es la capacidad de
innovar.
Las especies vegetales y animales
deben adaptarse al medio ambiente,
ya que el medio ambiente no se adaptará
a ellas. Cuando la adaptabilidad
genética de una especie se ve superada
por cambios ambientales demasiado
rápidos, entonces la especie se
extingue. A menos que tenga la capacidad
de innovar.
La capacidad de innovar no depende
de los tiempos de la adaptación genética,
porque se respalda en la inteligencia
creativa. Solo unos pocos animales
pueden reaccionar exitosamente a los
cambios ambientales recurriendo a
sus capacidades intelectuales. Y ninguno
iguala en esto al ser humano.
Todos descendemos de un minúsculo
grupo de congéneres que vivieron en
Africa hace decenas de miles de años.
Aquellos antepasados fueron acorralados
por la sequía y la desertificación
provocada por el desajuste climático
provocado por la Era Glaciar.
Sobrevivieron y conquistaron el mundo
gracias a su capacidad de trabajar en
equipo, de confiar en el otro y de privilegiar
el placer distante por sobre el
placer inmediato. Y nosotros sobrevivimos
con ellos.
Con todo, la inteligencia creativa no es
una bendición gratuita.
El desarrollo tecnológico sin parangón
que tuvo lugar en las últimas décadas
resultó en un incremento exponencial
de la población, en la generación de
hábitos insustentables de consumo y
en el Cambio Climático derivado de la
liberación del carbono aprisionado en
los combustibles fósiles.
Otra vez dependemos de nuestra
capacidad de innovar. De nuestra tozuda
vocación por “encontrarle la vuelta”
a los desafíos. Debemos innovar en
materia energética, industrial, agrícola,
urbanística y social para repetir el éxito
de nuestros lejanos antecesores.
El gran poder que nos da la inteligencia
conlleva una gran responsabilidad. La
de hacer que los beneficiarios de nuestras
acciones no seamos solo nosotros,
sino también las generaciones futuras.
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