| Tres o cuatro años atrás, el objeto de la Responsabilidad Social Empresaria (RSE) era difícil de comprender. Sonaba a esnobismo, o a un nuevo y rebuscado nombre para el viejo concepto de filantropía empresaria.
Parecía que la iniciativa voluntaria e individual de una empresa, por bienintencionada que fuera, era un motor demasiado débil como para producir algún cambio.
Algo de cierto había en esa impresión. Es verdad que la acción individual tiene sus limitaciones. Pero la fortaleza del concepto de RSE reside precisamente en trascender el nivel individual. Está en la generación de un “efecto multiplicador”, en la generalización de esta clase de iniciativas hasta lograr esa “masa crítica” y el consecuente “cambio de paradigma” que produce cambios cuantificables.
En eso está nuestro país en materia de RSE. Menos avanzado que muchos, más avanzado que algunos. En búsqueda de esa “masa crítica” y de ese “cambio de paradigma” a los que aludíamos. Esto es lo que hace tres o cuatro años no podía verse aún.
Son muchas las empresas que a lo largo de los últimos años han desarrollado estrategias de RSE. Ya forma parte de la rutina de varias de ellas la elaboración y difusión del Balance Social. Algunas incluso comienzan a ejercer presión sobre sus proveedores para que estos también se comporten en forma socialmente responsable.
En suma, hubo avances, si bien nuestro país está lejos de poder exhibir un liderazgo regional en la materia. Y son esos avances los que permiten la aparición de interrogantes que poco tiempo atrás no se planteaban. Muchas empresas que tienen la genuina pretensión de ser “socialmente responsables” pueden estar incurriendo en contradicciones que, en algún momento, deberían ser objeto de examen.
Por ejemplo, ¿no convive muchas veces la genuina pretensión de ser “socialmente responsables” con políticas de recursos humanos que privilegian la juventud como factor absolutamente excluyente para ingresar o permanecer en amplios estamentos de la organización?
¿Se respeta como “profesional” a todo aquel que hace bien su trabajo, o todavía prevalece esa antigua concepción vertical que asocia dicho carácter con el hecho de haber transitado por una Universidad? Todos conocemos gente con título universitario que dista mucho de ser profesional, y también personas que todos los días dan cátedra de profesionalismo aunque jamás hayan pisado una Universidad.
¿Son “familiarmente responsables” todas las empresas “socialmente responsables”? ¿O la maternidad enfrenta en ellas inconvenientes y obstáculos no explícitos que ni remotamente debe enfrentar la paternidad?
¿Se promocionan las virtudes “ecológicas” de un producto mencionando solo la parte de la verdad que coincide con los intereses de su fabricante?
El respeto por nuestros avances, aunque éstos sean modestos, debe impedir que nos dejemos ganar por el conformismo. Cuando alcanzamos ciertos logros, es sano y necesario examinar si somos totalmente coherentes, consecuentes y dignos de ellos.
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